«La Florecilla (Santa Teresita) daba suma importancia a este acto (El Acto de Ofrecimiento de sí misma como Víctima de Holocausto al Amor misericordioso del Señor), que representa el sentimiento más íntimo de su corazón y el ensueño más consolador de su vida (…)
Quería, con él, recibir en su corazón todo el amor que desprecian los pecadores.

Dice la Santa:

«El año 1895 recibí la gracia de comprender mejor que nunca cuánto desea Jesús ser amado. Pensando un día en las almas que se ofrecen como víctimas a la Justicia de Dios, para desviar, atrayéndolos sobre sí mismas, los castigos reservados a los pecadores, hallé grande y generosa esta ofrenda, pero estaba muy lejos de sentirme inclinada a hacerla.
¡Oh, mi Divino Maestro! -exclamé en el fondo de mi corazón-, ¿sólo tu justicia recibirá hostias de holocausto? ¿No las necesita también tu Amor Misericordioso? En todas partes es desconocido, desechado. Los corazones a quienes deseas prodigarlo se vuelven a las criaturas pidiéndoles la felicidad de un miserable y efímero cariño, en vez de echarse en tus brazos y aceptar la deliciosa hoguera de tu Amor infinito.
¡Oh, Dios mío! Tu amor despreciado ¿ha de quedar encerrado en tu corazón? Si encontraras almas que se ofrecieran como Víctimas de Holocausto a tu Amor, me parece que las consumirías rápidamente y te alegrarías de dilatar las llamas de infinita ternura que encierra tu pecho (…)».

Continúa fray Remigi:

«¿Todas las almas sin distinción pueden aspirar a ofrecerse como Víctimas al Amor Misericordioso? ¿No será esto un privilegio reservado a las almas selectas?
Recordemos un axioma fundamental de la espiritualidad teresiana, formulado por Teresita misma: «Es menester que todo lo que hago yo, las almas pequeñas lo puedan hacer».
Estas palabras: «Víctima de Holocausto», no deben asustar a nadie. Según el pensamiento de la Santa, ser «víctima» equivale a la oblación total de sí misma al Amor Misericordioso. «Holocausto» quiere decir que el alma, sumergida en el delicioso fuego del Amor infinito, aspira a consumirse toda entera y transformarse en él.

«Las disposiciones que se requieren para hacer este Ofrecimiento son sencillísimas:

1. Humildad confiada. El alma debe ofrecerse a Jesús como vaso vacío para que derrame en él las olas de su Amor.
2. Deseo sincero de darse a Jesús. La existencia de este deseo en el alma supone ya una amorosa elección por parte del Señor.

Sabemos, además, por las enseñanzas de nuestra angelical Maestra, que el Ofrecimiento conviene especialmente a las almas pequeñitas; es decir, a las que se sienten imperfectas e incapaces de todo bien, y sin fuerzas para la virtud. ¿Quién más que ellas necesita de la misericordia y ternura divinas? El conocerse y gozarse de verse miserable y débil atrae irresistiblemente el Amor Misericordioso, así como la vana complacencia lo aleja del alma. Oigamos a Teresita:

«No soy más que una niña débil e impotente. Pero esta misma debilidad, ¡oh, Jesús!, me comunica la audacia de ofrecerme como víctima de tu Amor.
«Antes, sólo las hostias puras y sin mancha eran aceptas al Dios fuerte y poderoso: para satisfacer a la justicia divina eran necesarias víctimas perfectas. Pero la ley del Amor ha substituido la ley del temor, y el Amor me ha escogido como holocausto, ¡a mí, débil e imperfecta criatura! ¿No es esta elección digna del Amor? Sí, porque el Amor necesita rebajarse hasta la nada y transformar en fuego esta nada para quedar plenamente satisfecho».

LOS EFECTOS. -Preguntaron un día a la Santa si para ser víctima del Amor Misericordioso bastaba hacer el ofrecimiento que había escrito. Contestó:
«¡Oh, no! Las palabras no son suficientes. Para ser verdaderamente Víctima del Amor Misericordioso es menester darse totalmente. En tanto el alma es abrasada por el amor, en cuanto se da al amor».
El alma-víctima se ofrece al Amor para atraerlo hacia sí. Si esta oblación es aceptada, su principal efecto será desbordarse el amor del Corazón divino sobre el alma para consumirla en sus llamas. Y como el amor de Dios, cuando se derrama sobre sus criaturas, no puede ser sino un amor misericordioso; atraernos el amor es atraernos la abundancia de las misericordias, y aun de las dulzuras, encerradas en el corazón divino. Dios es Padre amantísimo, y el amor que desciende del corazón del padre al corazón del hijo reviste la forma dulcísima de ternura (…)».

«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol

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Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.