Esta oración que vamos a compartir a continuación, la incluyó fray Remigi en su obra «La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», y podríamos afirmar que él mismo la rezó -aunque no haya constancia de ello por escrito-, y la puso en práctica. Se trata de un acto de ofrecimiento escrito por la santa.  
Antes de hacerlo, recomendamos leer aquí su historia -si no lo has hecho ya- para comprender qué implica.

Acto de ofrecimiento de mí misma como Víctima de Holocausto al Amor Misericordioso del Señor:

«¡Oh Dios mío, Trinidad Beatísima! Deseo amaros y hacer que os amen, trabajar por la glorificación de la Santa Iglesia, salvando las almas que están en la tierra y libertando las que padecen en el Purgatorio. Deseo cumplir perfectamente vuestra voluntad, y llegar al grado de gloria que me habéis preparado en vuestro reino; en una palabra, deseo ser santa. Pero siento mi impotencia, y por eso os pido, ¡oh Dios mío!, que Vos mismo seáis mi santidad.
Puesto que me habéis amado hasta darme a vuestro Hijo único para que sea mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos me pertenecen: henchida de gozo os los ofrezco, suplicándoos no me miréis sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón abrasado de amor.

Os ofrezco también todos los méritos de los Santos que están en el Cielo y en la tierra, sus actos de amor, y los de los santos Ángeles; en fin, os ofrezco, ¡oh Beatísima Trinidad!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida: a ella entrego mi ofrenda, rogándole que os la presente.
Su Hijo divino, mi Esposo amadísimo, en los días de su vida mortal, nos dijo: «Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederán» (Jn 16, 23). Cierta estoy, pues, de que cumpliréis mis deseos… Lo sé, Dios mío: cuanto más queréis dar, más hacéis desear.
Siento en mi corazón deseos inmensos, y confiadamente os pido que vengáis a tomar posesión de mi alma. ¡Ah! No puedo recibir la Sagrada Comunión con la frecuencia que lo deseo; pero, Señor, ¿no sois Vos Todopoderoso? Quedaos en mí como en el Sagrario, no os alejéis jamás de vuestra pequeña hostia.

Quisiera consolaros de la ingratitud de los malos, y os suplico que me quitéis la libertad de ofenderos. Si por debilidad caigo alguna vez, que al punto vuestra mirada divina purifique mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, a la manera en que el fuego lo transforma todo en sí mismo.
Os agradezco, Dios mío, cuantas gracias me habéis concedido: en particular la de haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento. Con alegría os contemplaré el día postrero, llevando el cetro de la cruz; y, puesto que os habéis dignado hacerme participante de esta cruz tan preciosa, espero en el cielo parecerme a Vos, y ver brillar sobre mi cuerpo glorificado los sagrados estigmas de vuestra Pasión.

Después del destierro de la tierra, espero ir a gozar de Vos en la patria; mas no quiero atesorar méritos para el Cielo, quiero trabajar tan sólo por vuestro amor, con el único fin de daros gusto, de consolar vuestro Corazón Sagrado, y de salvar almas que os amen eternamente.
En el ocaso de esta vida me presentaré ante Vos con las manos vacías; porque no os pido, Señor, que me llevéis la cuenta de mis obras. ¡Todas nuestras justicias están manchadas en vuestros ojos! Quiero, pues, revestirme de vuestra propia Justicia, y recibir de vuestro Amor la posesión eterna de Vos mismo. No quiero otro trono ni otra corona sino a Vos, ¡oh Amado mío!

En vuestros ojos el tiempo es nada; un día es como mil años. Podéis, pues, en un instante disponerme a comparecer delante de Vos.
A fin de vivir en un acto de perfecto amor, YO ME OFREZCO COMO VÍCTIMA DE HOLOCAUSTO A VUESTRO AMOR MISERICORDIOSO, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando que se desborden en mi alma los raudales de infinita ternura que se encierran en Vos, y sea yo de este modo ¡oh Dios mío!, mártir de vuestro amor.
¡Que este martirio, después de haberme preparado a comparecer ante Vos, me haga finalmente morir, y que mi alma se arroje sin demora al abrazo eterno de vuestro amor misericordioso!

Quiero, ¡oh Amado mío!, a cada latido de mi corazón, renovaros este ofrecimiento infinitas veces hasta que, desvanecidas ya las sombras, pueda de nuevo expresaros mi amor cara a cara eternamente!

MARÍA-FRANCISCA-TERESA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ

Reproducción de la oración tal como fue hallada, después de su muerte, en el libro de los Evangelios que llevaba noche y día sobre su corazón.


*Indulgencias concedidas a la recitación del Acto de Ofrecimiento compuesto por Santa Teresita:
– Una indulgencia parcial de 300 días todas las veces que los fieles rezarán, contritos y devotos, dicho Acto de Ofrecimiento, al menos desde las palabras: «A fin de vivir en un acto de perfecto amor».
– Una indulgencia plenaria cada mes, con las condiciones ordinarias, para quien rezare este Acto todos los días del mes.
(Sagrada penitenciaría, 31 de julio de 1923).

Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.