¡Ave María Purísima!

Amados Paños de Jesús,

Os contaré algo precioso relacionado con nuestra misión.
Estaba ayer en adoración ante el Santísimo cuando me salió decirle en mi interior: «Señor, ¿en qué quieres que me aplique?». Luego tomé el Nuevo Testamento en mis manos y lo abrí. Decía así:

«¿Comenzamos de nuevo a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O acaso necesitamos, como algunos, cartas de recomendación para vosotros o de vuestra parte? Nuestra carta sois vosotros, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres; pues es notorio que sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio y escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de corazones de carne» (2 Cor 3, 1-3).

¿Os digo la verdad? No me enteré de nada. Como si esto no fuera conmigo. Así que lo dejé estar, ignorándolo completamente, y me dispuse a leer otros pasajes. Después de un rato, dejé el Nuevo Testamento sobre el banco.
Tras contemplar al Señor Cara a cara durante un tiempo, me vi impulsada a tomar el Sagrado Libro nuevamente. Esta vez, sin ninguna pretensión de que Jesús me diera instrucciones. ¡Ya tenía suficiente con aquel intento «fallido»!
Total, que lo abrí sin más. ¡Me quedé helada al ver que se trataba del mismo pasaje!

Claramente, el Señor me quería hablar a través de ahí. Así que, en aquella ocasión, me lo tomé en serio.
Yo trataba de entender, pero se me hacía complicado. Miré la nota que hay a pie de página para entrar en contexto. Decía así: «Es de suponer que sus enemigos se habían presentado en Corinto con alguna carta de recomendación. El Apóstol puede presentar una carta mucho más elocuente y expresiva: los mismos corintios, convertidos mediante su predicación, «porque cualquier gente, por bárbara que sea, aunque no entienda el lenguaje de la palabra, entiende el lenguaje del buen ejemplo y virtud, que ve puesto por obra, y de allí vienen a estimar en mucho al que tales discípulos tiene»» (San Juan de Ávila).

Nada, yo estaba como embotada.
Luego continué con la lectura de San Pablo: «Y esta confianza la tenemos por Cristo ante Dios. No es que por nosotros seamos capaces de pensar algo como propio nuestro, sino que nuestra capacidad viene de Dios, el cual también nos hizo idóneos para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida. Pues si el ministerio de muerte, grabado con letras sobre piedras, resultó glorioso, hasta el punto de que los hijos de Israel no podían fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, que era perecedera, ¿con cuánta mayor razón será más glorioso el ministerio del Espíritu?» (2 Cor 3, 4-13).

Y medité y medité… Y, sólo cuando Dios quiso, entendí. Comprendí que el Señor me hablaba de Los Paños, de cada uno de nosotros. Y que Él y María nos hacían un elogio: «Nuestra carta sois vosotros, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres; pues es notorio que sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio y escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas que son corazones de carne».

¡Claro, eso era! Al ser Paños de Jesús, llevamos Su Imagen impresa. Y al llevar Su Imagen grabada, somos carta de Cristo. Y esto, como ya sabemos, no es por mérito propio, sino según Su Designio.
Ahora bien: toda carta, además de un remitente, tiene un destinatario. En este caso, son todas las personas que Dios pone en nuestro camino; incluso los desconocidos que se nos cruzan por la calle.
Y es precisamente en esto que el Señor quiere que me aplique… Y, en mí, todos vosotros:

  1. Primero, quiere que nos creamos Paños, pues lo somos. Debemos grabarlo a fuego en nuestro corazón: ¡Somos Paños de Jesús! Y así debemos vivir nuestra vida, con esa conciencia.
  2. Las cartas se escriben para ser entregadas… ¡No podemos quedarnos encerrados y vivir una vida cómoda! Tenemos que salir de nosotros mismos para darnos a los demás.
  3. Para no distorsionar el mensaje, tenemos que ser como un folio en blanco: vaciarnos de nosotros para que Él lo llene todo.

¡Qué belleza de mensaje, hermanitos queridos! Pongámoslo por obra. Que no pase ni un día en que no pensemos, aunque sólo sea por un momento, que somos Paño, y en todo lo que ello conlleva. Creedlo: Lo sois. Demos gracias a Dios por esta gracia tan grande.

El Pañito de Jesús

Palma de Mallorca, 19-11-2024.

Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.