El amor es delicado

El amor es delicado.
Tiene el amor una delicadeza tal, que siempre está atento a la necesidad y al bien del otro. Y pone por encima ese bien al propio interés y la propia comodidad (cf. 1 Cor 10, 32-33).
Así, por ejemplo, el que ama cuida su vestimenta para evitar ser piedra de tropiezo para el prójimo…, consciente de que determinadas prendas pueden excitar la carnalidad en él. Porque no se trata únicamente del ojo del que mira, sino también de lo que se exhibe. 
Y esto es válido tanto para hombres como para mujeres.

El amor no es ostentoso.
El amor no busca girar cabezas, sino elevar corazones al Cielo. Ni siquiera la cabeza del propio cónyuge. El amor no busca atraer corazones a sí como un fin, sino a Dios, al Amor mismo. Por lo tanto, el amor evita los excesos en el vestir.

El amor es digno.
El amor se respeta a sí mismo y no se vende.
Y si el amor es digno, el ser humano también es digno; tiene la dignidad de estar hecho a imagen y semejanza de Dios, así como de ser hijo de Dios. Y es doblemente digno (¡Infinitamente!) el bautizado, hecho hijo de Dios en el Hijo; equiparado a Jesucristo. Por lo tanto, es reprobable todo aquello que convierte a la persona en objeto.

Si en la autoestima uno se ama a sí mismo poniendo la fortaleza en uno mismo o en otros factores igual de efímeros que inflan la vanagloria (posición social, posición económica, belleza física, pareja, amistades, etc); en la dignidad, uno se ama a sí mismo por razón de Dios. Es un amor ordenado, cuyo centro es Dios y donde no se excluye al prójimo; y, en virtud de Dios, es un amor eterno.

Así, por ejemplo, en la autoestima uno puede llegar a vestirse impúdicamente por comodidad o si eso le va a dar seguridad a sí mismo, aunque aquello pueda ser piedra de tropiezo para otra persona (e incluso para sí, pues no hay que olvidar que, al no estar en orden a Dios, es perjudicial e inestable). 
En cambio, en la dignidad uno mira por el bien de todos. La persona con dignidad (que mantiene la dignidad, para ser exactos), viste con decoro y se presenta limpia, aseada, bella. Con un aspecto cuidado y atrayente vaya adonde vaya, y siempre en orden a Dios. Y es que sabe que su exterior debe ser un reflejo de Aquel. Y en Él, se ama a sí y al prójimo.

Y esto es así en todas las épocas del año y en todos los espacios (pueblo, ciudad, costa, montaña, recinto…), haga frío o calor, en cualquier festividad o celebración, se tenga la edad que se tenga, sea cual sea la vocación (casado, soltero, religioso consagrado…).
Y que en ciertos espacios y estaciones del año se haya normalizado un código distinto a causa de la sociedad, no significa que aquello sea conforme a la dignidad. Se trata más bien de una relajación de costumbres que atenta contra ella.
Cierto que no es lo mismo una caminata en el campo que ir al templo, y que uno debe vestir en función al tipo de actividad que va a desarrollar; pero, aun dentro de esa distinción necesaria, deben regir los mismos parámetros de modestia y pudor, que nunca cambian. Si no es correcto ir al templo con los brazos totalmente al descubierto, por ejemplo, tampoco lo es para otro lugar o actividad. Porque somos templo del Espíritu Santo, y el Amor no se muda. Quien tenga oídos para oír, que oiga.

En la autoestima, el amor es falso y pasajero, pues pone el centro en lo efímero. En la dignidad, el amor es verdadero y eterno, pues pone el centro en Dios.
Tú qué tienes, ¿dignidad o autoestima? O qué quieres tener, ¿lo uno o lo otro? No se puede ambas. Ponerse en el centro ya atenta contra la misma dignidad de la persona, pues desplaza lo Sublime para quedarse con lo miserable. Tú eliges. 

Un alma devota de fray Remigi

«Digamos, desde luego, qué es modestia y qué se entiende por vestidos inmodestos.
Modestia es el sentimiento natural de honestidad que nos hace evitar cuanto puede perjudicar a la pureza, especialmente en la manera de vestir (…).
A la luz de los principios de la moral cristiana, merecen ser calificados de inmodestos entre personas civilizadas:

1. Los vestidos que dejan descubiertos los brazos y la parte superior del busto (pecho y espalda), o que, si los cubren, es con tela transparente, más a propósito para excitar la curiosidad que para cubrir la desnudez.

2. Los vestidos excesivamente cortos de faldas, las cuales, según dicta el natural pudor, deben cubrir siempre las rodillas, aun estando sentadas (…)

3. Los vestidos tan estrechos y ajustados a la persona que ésta, al moverse, delinea toda la forma del cuerpo, violando así hasta el último resto del pudor.

(…) El uso de vestidos inmodestos, reprobable en la sociedad, reviste el carácter de profanación en el santuario. ¿Puede haber cosa más repugnante que presentarse el cristiano en la Casa de Dios con vestidos ideados por los enemigos de Dios? (…) ¿Y qué decir de los que, inmodestamente vestidos y dejando regueros de lujuria a su paso, se acercan sin escrúpulo a la Comunión, que es el acto que requiere más pureza? ¿No recuerdan que en el convite nupcial del Evangelio, símbolo del banquete eucarístico, fue severamente castigado el que se presentó sin el vestido conveniente? (cf. Mt 22, 11)».

«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol

Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.