
¿Cómo nació esta sección de «Alma devota»?
Lo cierto es que no fue nada pensado. Se trata de algo simple: a través de unas experiencias con fray Remigi, me sentí inspirada a escribir dos artículos… Primero, el «Pequeño salmo eucarístico«; y segundo, «Reparadores de la Santa Faz«. Entonces supe que debía compartirlos en su honor, sin más. Luego escribí «Ser hostia viva«, que, a priori, no fue por nada relacionado con él, pero creí que debía compartirlo igual. Digo «a priori» porque, en realidad, sé que fray Remigi tiene mucho que ver con esto. Desde que ha aparecido en mi vida, no deja de ayudarme; entre otras cosas, con todo lo relacionado con la escritura. Y es que lo confieso: Dios me ha dado un don que, por pereza y descuido, no lo hago fructificar como debería. Y en más de una ocasión, le he dicho a fray Remigi: «Tú que fuiste tan entregado y diligente, y fructificaste el don de la escritura… ¡ayúdame con esto! ¡Soy terrible!». Así que este fue el origen.
Sin embargo, no tardaron en venirme tentaciones. «Pero ¿qué te crees? ¿Por qué tiene que haber escritos tuyos aquí? Ábrete un blog, no hagas mezclas… Qué pasa, ¿que te quieres aprovechar de fray Remigi? ¿No ves que no pega nada? ¿Qué otro mártir o beato tiene una sección así? Esto no es profesional, etc». Y pensé en eliminar la sección y abrir un blog personal. Pero algo en mí, a la vez, me decía que esperara, que lo reposara, que lo llevara a la oración.
Y en una de estas, decidí orar con el Nuevo Testamento para ver si el Señor me decía algo con Su Palabra. Lo abrí donde había dejado la lectura la última vez. Ahí, como punto de libro, tenía una estampa de fray Remigi.
El texto me atravesó el corazón, especialmente este versículo: «Precisamente para esto te he levantado, para mostrar en ti mi poder y para dar a conocer mi nombre en toda la tierra» (Rom 9, 17).

Y comprendí que debía continuar así tal cual, que debía mantener la sección, que para eso Dios me había levantado de mi postración… Que no era casualidad que ahora retomara el don. Lo había despertado con fray Remigi, y ¡aquí me quería!
Qué consuelo recibí. Pero, al cabo de un par de días, volvieron las tentaciones: «¿No será que has entendido lo que querías entender?». Por lo que continué en oración.
Ahí vi que, al final de cada escrito de la sección, debía incluir una enseñanza de fray Remigi. Aun así, no cesó el runrún en mi cabeza.
Entonces un día fui a una capilla de adoración perpetua. En esta capilla hay una cesta con pequeños mensajes bíblicos… Y, en determinado momento, me propuse coger uno para que el Señor me hablara de este tema a través de Su Palabra. Pronto me di cuenta de que estaba siendo egoísta, además de estar tomando la vía fácil y rápida… Como si estuviera buscando respuestas con prisas y sin esfuerzo. «Perdón, Señor -le dije-, he sido muy egoísta, pensando únicamente en que me des respuestas a mis inquietudes y sin pensar en Ti, en qué quieres Tú, en qué me quieres decir. Quizá me quieras hablar de otra cosa».
Y recordé un texto de fray Remigi: «El amor divino en el alma que navega viento en popa por el mar de la vida y experimenta los goces sensibles de la piedad puede hallarse mezclado con el oropel del amor propio. Pero el acto de amor que procede de un corazón herido por la adversidad o bañado en amargura, no puede ser más puro…, y en él todo es oro de ley. Por lo mismo, es más agradable y consolador para el Corazón divino de Jesús. Esto hacía decir a Santa Teresita que «las espinas del dolor, al herirnos, abren paso al aroma de nuestro amor».
Y le dije a Jesús: «Perdón por estar buscando tus consuelos y pensar sólo en mí. Cuando abra el papelito, dime lo que te apetezca decirme; dime aquello que Tú necesites». ¡Y bendita Su bondad! Me quiso consolar con un «Yo estoy contigo» (Hch 18, 10), dando a entender que me perdonaba. Estaba yo feliz.

Pero, por si eso no fuera suficiente, quiso regalarse más.
Tras un tiempo de alabanza dándole gracias, descansando en Sus brazos…, me inspiró que debía leer la cita completa.
Así que eso hice. Y ¡sorpresa! No lo podía creer, me estaba alentando a mantener la sección: «No tengas miedo, sigue hablando y no calles, que yo estoy contigo…»
Y poco después me puso la imagen de cómo Él enviaba a sus Apóstoles a predicar de dos en dos; como si me enviara a predicar junto a fray Remigi, pues yo sola soy muy débil. Al igual que los Apóstoles, necesito ir acompañada. Sí, puede que suene a locura, pero es lo que experimenté tal cual. Y la paz y alegría que me dio eso, es inexplicable.

Quizá vengan más tentaciones; quizá, también, decaiga mi ánimo para escribir y aminore la marcha… Pues Él jamás fuerza. Yo sólo sé, tras hablar con mi director espiritual, que debo continuar con esto. Y que necesito también de tus oraciones. Por lo que ¡pide por mí! Yo también lo haré por ti, muy querido lector. ¡Gracias!
Un alma devota de fray Remigi

«La mayor aspiración de tu alma, el móvil principal de tus actos, sea siempre el deseo sincero de agradar en todo a Jesús cumpliendo su santísima voluntad (…).
En la práctica de la virtud no te busques a ti mismo. Si oras, si trabajas, si comes, si te recreas… ¡hazlo todo por Jesús!
Jamás has de obrar por capricho, siguiendo el antojadizo atractivo del momento presente. No digas: Hago esto porque me gusta, dejo de hacer aquello porque quiero. Lo que haces por capricho no puede agradar a Jesús, puesto que no lo haces por Él. Tampoco debe regular tu conducta el respeto humano, es decir, el deseo de agradar a los demás o el temor al qué dirán…»
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
