
De oruga a mariposa
Contempla la naturaleza.
Mira la belleza de la perla y considera cómo ha sido formada: por la herida de la ostra, como cuando un grano de arena penetra en su concha, y las células del nácar lo cubren con capas de sustancia lustrosa para protegerse, formando así la piedra preciosa.
Detente en la mariposa, que previamente fue oruga; gusano que luego estuvo encerrado en un capullo hasta su metamorfosis, y que antes de volar tuvo que sufrir intentando batir sus alas con esfuerzo en medio de su opresión.
Abísmate en el trigo, con su cabeza gacha, dispuesto a morir para resucitar y dar fruto.
Admira las geodas (rocas de forma más o menos redondeada, que están huecas por dentro) cuyos huecos y vacíos están cubiertos de bellísimos cristales.
Así, también el ser humano es capaz de transformar el sufrimiento en belleza. Y esto es posible gracias a la Redención que llevó a cabo Jesús -siempre obediente hasta la muerte- con Su vida, Su muerte en Cruz y Su Resurrección. Por lo tanto, para transformar realmente el sufrimiento, he de estar unido a Él. Ya lo dice el mismo Jesús: «el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30).
Unido a Él, ¿qué temer? Como la geoda, mis huecos, mis vacíos, mis sentimientos de soledad… serán colmados por Su Amor.
Como la ostra, sacaré perlas (aprendizaje, santificación, oportunidades…) de mis heridas. Como el trigo, aun doblegado por el peso de mis «problemas», confiaré en todo lo bueno que obtendré de ello.
Como la mariposa dentro del capullo, seguiré intentando batir mis alas en medio de la opresión, sabiendo que pronto podré volar gracias a esta lucha en la que no estoy solo. Porque si la mariposa puede volar, es gracias al Señor. Igualmente yo.
Cuando uno comprende que todo sufrimiento ofrecido y unido a la Pasión de Jesús es transformado en un bien (sirve para salvar almas, para la conversión propia y de otros, para la santificación, para expandir alegrías por el mundo, etc), se da cuenta de que cada sufrimiento es un don y una oportunidad. Y está en su mano hacerlo fructificar: si lo ofrece a Jesús, dará abundante fruto; si no lo ofrece, quedará estéril.
Y si cada sufrimiento es un don, tengo una gran y verdadera responsabilidad. Basta recordar la parábola de los talentos (cf. Mt 25, 14-30). Por eso, en medio del sufrimiento, conviene que me diga: «¿Voy a quedarme todo el rato pensando en lo desdichado que soy, o más bien voy a ofrecerlo todo al Señor para que saque fruto de esto?».
Y no solo los sufrimientos pueden ser transformados en bien, sino hasta las mismas alegrías pueden tener eco en los demás hombres y en la eternidad. ¡Todo cuanto ofrezca! Mis alegrías, mi trabajo, mi descanso, mis pequeños sacrificios y renuncias, mi tiempo, etc. Nada ofrecido y unido a la Pasión del Señor queda sin fruto.
Y quizá uno ahora se pregunte: «Está bien, pero ¿cómo hay que ofrecerlo? ¿Y cómo unirlo a Su Pasión?». Es tan sencillo como decir interiormente en el momento: «Señor, te ofrezco tal o cual cosa para que la unas a tu Pasión».
Además de eso, es conveniente hacer un ofrecimiento general al empezar el día por si se me fuera a pasar ofrecer algo. La oración de ofrecimiento puede ser de cosecha propia e improvisada, o una de estas ya elaboradas.
Y si uno es coherente con el ofrecimiento, asistirá a la Santa Misa para entregarlo todo en el Ofertorio. Porque en el Ofertorio no sólo doy dinero, sino que ahí, junto con el pan y el vino (que luego en la Consagración serán transformados en el Cuerpo y en la Sangre del Señor) entrego todas mis acciones, mis pensamientos, mis sentimientos, etc. El gesto de dar dinero es más bien un acto para materializar mi ofrenda espiritual, así como también una forma de agradecer los dones recibidos contribuyendo a las necesidades de la Iglesia, aquella que hace posible que esa transformación se lleve a cabo.
La Santa Misa es el Misterio de la Pasión -Muerte – Resurrección de Jesús. Por lo tanto, unir algo a la Pasión de Jesús es participar en la Eucaristía. Cierto que se puede hacer un simple ofrecimiento de palabra desde cualquier lugar, y que ese ofrecimiento va a ser acogido y transformado; pero lo suyo es que lo ponga por obra y que, en algún momento, acompañe a Jesús en Su Pasión y se lo entregue todo en persona. De hecho, es así como los frutos pueden alcanzar el 101%. Cuanto mayor sea mi entrega, mayor será el fruto.
Por eso lo ideal es ir a Misa cada día. Las obras del día se ofrecen en el día; eso es vivir el tiempo presente. ¡No sé qué puede ocurrir mañana! Aquello de acumular lo de toda la semana para entregarlo el domingo, viene a ser como si una panadería acumulara el pan del día para venderlo en días posteriores. El pan de ayer ya ha perdido propiedades, y el de anteayer es duro y gomoso.
Y no se trata sólo de ir a Misa cada día, sino de hacer de mi día una Misa de 24 horas. En cada acto, en cada cosa que deseo entregar, conviene que me traslade interiormente al Ofertorio y que le diga a Jesús: «Toma, te lo doy». Esto facilitará mucho mi disposición interior cuando esté en plena Celebración y le haga mi entrega cara a Cara. Y no sólo eso, sino que además me ayudará a hacer ese algo y a vivirlo con amor; a dar todo lo mejor, consciente de que luego lo entregaré en el Altar.
Un alma devota de fray Remigi

«El dolor, además de divinizarnos haciéndonos semejantes a Jesús, nos proporciona otros inestimables beneficios:
1. El dolor nos desprende de todo lo perecedero y nos eleva a Dios (…)
2. El dolor nos hace suspirar por el Cielo (…)
3. El dolor nos enriquece de méritos (…)
4. El dolor nos permite probar a Jesús nuestro amor (…)
(…) Llegaréis a ser grandes santos si aprendéis bien de Santa Teresita a recibir con humildad las cruces que el Señor os manda y las lleváis con amor, uniendo vuestros padecimientos personales a los que sufrió Jesús en la Cruz por salvarnos.
No es precisamente el sufrir lo que santifica, sino el sufrir con humildad y abandono amoroso de sí mismo en la voluntad divina».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
