
Con nostalgia de Sión
Suena el despertador. Joaquín alarga la mano para coger el móvil y detener esa musiquilla traicionera del sueño. Se despereza, abre la app de «Liturgia de las Horas» y reza Laudes. Se va al baño. Luego se dirige a la cocina y prepara el desayuno. Mientras desayuna, lee las noticias por el móvil. Contesta luego algún mensaje. Ya en la calle, mira la pantalla de tanto en tanto; Otras tantas personas hacen lo mismo. En la parada de bus, contesta mensajes; Otros tantos hacen lo mismo. En el bus, mira un vídeo; Otros tantos hacen lo mismo. Recibe una llamada y la atiende; Otros tantos hacen lo mismo.
Móvil en una mano, y en otra, y en otra, y en otra… En la parada, en el bus, en el supermercado, en el trabajo, en el bar…
Qué delicia entrar en el templo y respirar un cachito de Cielo.
Tras cruzar el umbral de una iglesia, deberíamos sentir que hemos atravesado el armario de las «Crónicas de Narnia»; pero que nos hallamos no en un lugar gélido como aquel, sino en el mismísimo Paraíso. Porque el templo es a nosotros lo que aquel ropero es a los hermanos Pevensie. Y mejor aún, pues está Jesús mismo bajo la apariencia de pan; y, en Él, el Cielo entero.
Cómo ayuda el silencio, las manos orantes, las rodillas postradas, las velitas y el olor a incienso… para descubrir que estamos en un lugar especial. Que esto es distinto a todo lo demás.
Pero a veces parece que uno se empeña en helar el templo, así como la Bruja helaba Narnia. Traer el invierno con el egoísmo, la ignorancia y las costumbres mundanas. Si el mundo está lleno de ruido, traigo más aquí y me pongo a hablar sin miramientos con los demás…, y me amparo en que «estoy hablando de cosas de Dios». Si el mundo está lleno de hombres pegados a un móvil, saco yo el mío y me pongo a rezar con él…, mostrando el mismo panorama desolador que hay en todas partes: dependemos de un aparato para todo.
Porque poco importa que esté rezando o que esté hablando de Dios, si al final estoy contribuyendo a borrar los vestigios de Cielo del templo.
Cierto que, en ocasiones, es cómodo orar con el móvil. Sin embargo, la comodidad nunca debería ser el criterio por el cual uno ha de regirse, y menos en lo que atañe a las cosas de Dios. Dice San Pablo: «»Todo es lícito». Pero no todo conviene. «Todo es lícito». Pero no todo edifica. Que nadie busque su provecho, sino el de los demás» (1 Cor 10, 23).
¿Y qué mal hace rezar en la iglesia con el móvil? Dirá uno. Y yo diré: «¿y qué bien o provecho se hace con ello a los demás?».
Y no sólo es que no se haga un bien, sino que además se puede hacer un mal. Respecto al mal que se puede hacer, quizá a uno no le parezca suficiente el hecho de que se esté mundanizando un espacio sagrado; de que en la iglesia se muestre la misma panorámica que en el bus, que en el bar, que en el supermercado…
Por si eso no fuera suficiente, diré que pienso en los niños. Como mis niños de catequesis, que, tras la adoración, me decían alarmados que había personas que no rezaban y que usaban el móvil. ¡Criaturas! Al final los niños, con los años, terminan haciendo lo que ven.
Pienso también en los que entran por primera vez en una iglesia, y en los de conversión reciente, y en la gente del mundo, y en la gente simple… Gente que no tiene por qué saber que hay aplicaciones para rezar. Y que se quedan con la idea de que uno puede emplear el móvil en el templo sin más: whatsAppear, navegar por Internet, responder llamadas, etc. Y terminan arrastrados por la marea. ¡Cuánto habré visto yo de esto! Todos somos responsables de ello.
Como dice San Pablo, «no seáis escándalo para los judíos, ni para los griegos, ni para la Iglesia de Dios, como también yo agrado a todos en todo, sin buscar mi conveniencia sino la de todos los demás, para que se salven» (1 Cor 10, 32-33).
A eso hay que sumarle el mal propio. Porque, debo reconocerlo: soy débil. Sí, lo soy. Y la tentación, móvil en mano, por mucho que rece, va a estar ahí. Echar un vistazo a ese mensajito, mirar si he recibido tal o cual llamada, buscar tal o cual cosa que nada tiene que ver con mi oración… Y luego me quedo tan tranquilo, pues lo que he hecho no es grave. ¡No desestimemos lo pequeño! Esas cosas que, poquito a poco, van calando silenciosamente en nosotros hasta terminar mundanizándonos por completo.
Pero vuelvo al principio. Siento nostalgia de Sión (cf. Sal 137). De mi Sión en la tierra. De ese Sión que está en el mundo sin ser del mundo, y que tantos se empeñan en mundanizar. De ese Sión que me transporta a la Jerusalén celestial.
Y pienso que antes había decenas de manos con Rosarios, y otras tantas vacías esperando a ser colmadas de Amor… Y que ahora hay decenas de manos con móviles. De corazones buenos, sí; pero con móviles pegados en sus manos. Aun de buena fe. Y a estos les digo con amor: al final, todo se trata de simplificar; de tomar a Jesús y a María por modelo. Y Aquel que nos enseñó a simplificar con el Padrenuestro, y Aquella que nos enseñó a orar con un «hágase en mí» y a guardarlo todo en el corazón… ¿Usarían el móvil hoy día para rezar?
Y yo, si pudiera ver a Jesús Cara a cara tal cual es, si pudiera escuchar Su Voz, si pudiera darle un abrazo, ¿no dejaría el móvil a un lado y rezaría naturalmente de corazón a corazón, y le contaría mis cosas, y le escucharía, y le diría cosas bellas? Entonces, ¿por qué no lo hago cuando contemplo Su Rostro eucarístico, cuando tengo la posibilidad de escucharle en mi corazón haciendo silencio, cuando puedo abrazarle con mi deseo, cuando puedo hablarle de lo mío y alabarle con piropos espontáneos? ¿No será, quizá, que me falta fe?
¡Jesús vive y lo tengo delante de mí!
Un alma devota de fray Remigi

«Sea tu oración un coloquio íntimo y amistoso con Jesús. «Coloquio», digo, porque el alma en la oración no sólo habla, también escucha: «Oiré lo que hablará dentro de mí el Señor Dios» (Ps. EXXXIV, 9).
(…) Si haces tu oración ante el Sagrario, considera que estás junto a Jesús como María en Betania… Adórale reverente, pues es tu Dios. Ábrele tu corazón, pues es tu Padre. Dile cuán dichoso eres por hallarte en compañía suya. Exponle tus miserias. Manifiéstale tus deseos. Háblale de los intereses de su gloria. Ofrécete a su santo servicio (…).
En momentos de aridez interior, hallarás en las plegarias de la Iglesia bellos sentimientos de amor que facilitarán tu oración. Así lo hacía Santa Teresita: «Algunas veces, cuando mi espíritu se halla en tan gran sequedad que es incapaz de producir un solo pensamiento bueno, rezo muy despacio un Padrenuestro o un Avemaría; éstas son las únicas oraciones que me cautivan, que alimentan divinamente mi alma».
Parece oportuno deshacer ahora el error de algunos, que, si no discurren y dicen muchas cosas a Jesús, creen que no hacen buena oración.
Para orar bien, no se requiere pensar y hablar tanto, sino amar mucho. Hace muy subida oración el alma que -como Teresita- se echa en brazos de Jesús cual pequeñuela en los de su padre, y permanece en esa sencilla y amorosa actitud mirándole, amándole, holgándose de estar con Él».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
