Cuando se ama, no se calcula

Una mujer -pongamos que llamada Julia-, conoció a Alberto en una boda. Le pareció un tipo majo y bastante apuesto, por lo que pronto intercambiaron sus números de teléfono. Sin embargo, la ilusión inicial se esfumó de un plumazo al descubrir que Alberto era basurero. ¡Como si aquello fuera una deshonra!
Lo que no sabía Julia es que, además de basurero, Alberto era un rico heredero.

Tras la fiesta, Alberto trató de ponerse en contacto con Julia. No obtuvo respuesta. Lo intentó en un par de ocasiones más, y nada. La cosa cambió al cabo de unos meses cuando Julia, hablando con una amiga, descubrió la fortuna de Alberto. Así que esta, cegada por la ambición, se propuso conquistarlo. Lo tenía todo planeado: lo llamaría y se excusaría por su silencio, le diría que había tenido que viajar al extranjero por problemas familiares, le invitaría a hacer planes juntos… y lo cautivaría hasta llevarlo al altar. Una vez casados, influiría en él para que abandonara el empleo de basurero. Así -pensaba ella- no perdería su estatus.

¡Qué lejos, la desdichada Julia, del verdadero amor! El que realmente ama no busca su propio interés, ni siquiera cuando ese propio interés fuera un «bien». El que ama pone los ojos fijos en Dios, que es Amor, y se conforma a Su santa Voluntad. Y en esa Voluntad -que previamente ha tratado de descubrir con sinceridad a través de la oración-, mira por el bien del prójimo. Y por el suyo también, claro, pues el Amor (Dios) busca el bien de todos (uno a uno), incluido el de uno mismo. El Amor sólo puede amar. Pero ya no se trata entonces de una motivación egoísta, sino de una consecuencia del abandono a la Voluntad divina. En el Amor, ninguno sale perjudicado. Todo queda ordenado en Su centro al bien. Y esto es mucho más que un «win win» tan puramente humano, donde en ocasiones no es más que dos (o varios) egoísmos encontrados. A nuestra mirada limitada se le escapan muchos factores; sólo Dios es capaz de ver en plenitud.

Pero muchas veces sucede que uno se acerca a Dios por pura conveniencia; ya sea para agradar a alguien, ya sea para obtener algo de Él, ya sea por rutina tranquilizadora, etc. Eso tampoco es amor, aunque hasta de esa miseria el Señor puede obtener un bien. Dios merece ser amado por Sí mismo, más allá de lo que me pueda ofrecer… ¿No soy otra Julia cuando me mueve una motivación distinta? 

Y su infinito Amor, que conoce la miseria humana, se rebaja hasta decir: «Si haces esta pequeña cosa, te colmaré de estos grandes beneficios». Un ejemplo es la devoción al Corazón de Jesús y los 9 primeros viernes de mes.
Pero el que ama a Dios de verdad, no se contenta con cumplir unas prácticas mecánicas y unos mínimos requisitos. Más bien ve en esta invitación de Jesús un grito desesperado de amor… «¡Dios mendiga mi amor!». Y aquello le conmueve tanto que no sólo hace lo que se le pide, sino que además se da sin medida; todo lo que puede dar su pobre corazón. Como decía Santa Teresita del Niño Jesús: «cuando se ama, no se calcula».

Esta es la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús. La devoción que no se conforma con cumplir el precepto o con aspirar a unas promesas. La devoción que me lleva a amar a Dios sin cálculos, y, en Él, al prójimo. Así como Jesús dijo: «A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos» (Mt 5, 41), en la Verdadera Devoción al Corazón de Jesús el alma supera la Eucaristía dominical y acompaña a Jesús diariamente en la santa Misa, así como en el Sagrario o en la Custodia. Devuelve bien por bien a Aquel que nos acompaña no una milla o dos, sino «todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28, 20) a través de Su Espíritu y del Santísimo Sacramento del Altar (es decir, todo Él en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad). Esta es la Devoción donde las promesas no se viven como un fin, sino como un incentivo en los momentos de debilidad; como un recuerdo del loco Amor que Dios tiene por cada uno.

La Verdadera Devoción al Corazón de Jesús es amor a Su mismo Corazón: la Eucaristía. Poniéndola de relieve los primeros viernes -así como Él desea- a modo recordatorio y para ensalzarlo, pero con vida eucarística en el día a día. Amor con hechos, con obras palpables, no con simples palabras. Amor dentro y fuera del templo. Amor con un cambio de vida, siempre con vistas a crecer empequeñeciéndose más y más.
Y el que ama diariamente al Corazón de Jesús, amará diariamente al Corazón de Su Madre, donde fue formado el Corazón del Redentor. Y el que ama diariamente al Corazón de María, está amando al Corazón de Jesús, pues el Hijo honra a Su Padre y a Su Madre, y desea que de todos sean honrados.

No hay camino más bello y perfecto que ir a Jesús por María.

Un alma devota de fray Remigi

«¿No es la Eucaristía el foco divino donde se halla concentrado todo el amor de Jesús? Acércate más y más a Él, y te abrasarás en sus llamas, y saldrás de la Comunión animoso para seguir los ásperos caminos de la vida cantando amor y ganando almas para el Amor.

La presencia real de Jesús en la Eucaristía no se limita a los momentos dulcísimos de la Comunión: noche y día permanece por nosotros en el Sagrario para ser el dulce compañero de nuestro destierro. ¡Qué felicidad la tuya, si tienes viva fe! Cerca de tu casa, en el vecino templo, mora Jesús, que es la delicia del Cielo. Y allí espera tus visitas para colmarte de amor e inundarte de sus gracias: «Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré» (Mt 9, 28).

Los que se aman de verdad, no pueden estar mucho sin verse. Si no siente tu corazón el deseo de visitar a Jesús en el Sacramento de su Amor, es señal de que muy poco lo amas. ¿Visitas a tus parientes y amigos, y no visitarás a tu Padre celestial, a tu más dulce Amigo? ¿No tendrás unos minutos cada día para Jesús, cuando tanto tiempo pierdes en pasatiempos y vanas conversaciones?

Esta visita no ha de ser rápida, fría y como obligada; sino reposada, dulce, amorosa. En el silencio y recogimiento del santuario, adora a Jesús como lo adoran los ángeles que rodean el altar. Dile que lo amas y que te pesa no haberlo amado siempre (…)

Ama a la Virgen María de todo corazón. Más que nadie, necesitas tú de su protección maternal. Procura agradarla imitando su humildad y pureza, haciendo cada día algo por su amor, y ofreciéndole sacrificios a la manera de Santa Teresita del Niño Jesús. 
Acude a Ella confiadamente en los momentos difíciles de la vida. Pero entiende bien que tu devoción a la Virgen no debe limitarse a esos casos extraordinarios, ni reducirse a celebrar las fiestas que la Iglesia le dedica, y a practicar el mes de Mayo que la piedad cristiana le consagra. La devoción a la Virgen ha de ser todos los días». 

«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño de Jesús», Remigio de Papiol

Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.