La casa a punto

Berta es una mujer de mediana edad que vive en un pisito de reducidas dimensiones. Es buena mujer. Con sus fallos y caídas, como todos; pero con un fondo noble. Eso sí, es bastante descuidada. Descuidada hasta el punto de vivir en una pocilga. Y esta dejadez, en no pocas ocasiones, la lleva a ser egoísta. 

Y es que a Berta le gusta tener invitados en casa de tanto en tanto. Generalmente, por vergüenza, pone el pisito a punto. Sin embargo, la cosa cambia cuando la convidada es su mejor amiga: «Bueno -se dice-, Marisol ya me conoce y sabe como soy…», «Hay confianza…», «Ella es tan buena que no me va a juzgar…», «Ya, si eso, otro día le doy una sorpresa…». 
Y siempre encuentra una razón para acomodarse, sin pensar en el bienestar de su amiga. Sí, ¡hasta las buenas personas caen en el egoísmo!

Berta, en su comodidad, ha llegado a sentar a Marisol en un sofá repleto de pelos de perro, de orín, o con vómito de éste.
Todo esto (y más) es lo que se le hace a Jesús cuando uno comulga en pecado grave, o incluso sin confesarse con cierta frecuencia. Porque cada falta, por pequeña que sea, ensucia (y daña) el alma. Y falta tras falta, un día tras otro, semana tras semana…, se convierte en un cúmulo de porquería. 

Cierto es que el amar funciona como el jabón, y limpia aquí y allá…, pero ¡qué importante es el agua! ¡Imprescindible! El Agua (y la Sangre) del costado de Cristo, que me baña en el Sacramento de la Reconciliación y me limpia por entero cuando voy bien dispuesto. Es decir: cuando estoy arrepentido y tengo el firme propósito de enmendar todos mis pecados y de no repetirlos de nuevo, así como de reparar el daño…

. No estoy amando cuando me escudo en un «yo soy así»… Pues estoy llamado a salir de mí mismo y a superarme por amor (cf. Mt 5, 48).

. No estoy amando cuando hago entrar a Jesús en mí al comulgar en pecado grave o habiendo pasado largo tiempo sin poner mi casa (mi alma) a punto, excusándome con las mismas razones que Berta. 

Alguno dirá que Su sola Presencia lo limpia todo. Sí, cierto es que tiene ese poder… Pero tan cierto es que Jesús nunca fuerza. Si uno quiere vivir en la inmundicia, Él lo va a dejar así para respetar su libertad. ¡Cuántos fariseos de mala fe lo tocaron, lo contemplaron, oyeron sus Palabras de vida…, y continuaron tal cual! La Comunión no es magia: «Jesús entra en mí – Jesús me limpia».
Y aunque así fuera -que no es-, ¡qué poca consideración se estaría teniendo con Él! En lugar de recibirle en un lugar hermoso -teniendo la capacidad para ello por la Confesión asidua-, se le recibe en una pocilga por dejadez o quién sabe qué. 

Y quizá, uno dirá en el colmo de su comodidad: «Entonces ¡no comulgo!».
Pero ¿es que acaso no sabe que, a través del Espíritu Santo recibido en el Bautismo, su corazón es morada de Dios trino y uno? Ya sólo por ello debería poner la casa a punto. 

Un alma devota de fray Remigi

«La vida cristiana es un ejercicio perenne de amor. Toda ella se reduce a amar a Dios con todo el corazón sobre todas las cosas, y al prójimo por amor a Dios.
(…) Quien ama de verdad, olvida la satisfacción propia y el interés personal, para pensar sólo en dar gusto al amado, haciendo su voluntad y cumpliendo sus deseos en lo posible.
Si de veras amamos a Jesús, nada desearemos sino complacerle, ni temeremos otra cosa que desagradarle, y le diremos sinceramente como Saulo en el camino a Damasco: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 9, 6).

(…) También tú sueles esforzarte por agradar a Jesús en lo que es de tu gusto. Pero ¿haces lo mismo al tratarse de cumplir un deber costoso, y de dar a Jesús lo que pide cuando no es de tu agrado?»

«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol

Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.