
Los invitados ingratos
Una buena mujer invitó a unos amigos a comer a casa. Era de sobra conocido entre los suyos que, cuando Ana invitaba a alguien a su hogar, se desvivía por completo. Aquel día no fue menos.
Ya la mañana anterior sacó la mejor mantelería, la lavó, la perfumó y la planchó cuidadosamente. Luego limpió la casa a fondo… ¡No se dejó ni un altillo! Y después salió a comprar un regalo para cada uno de sus invitados, pensando en los gustos de cada cual.
Llega el día. Ana madruga para subir al pueblo y comprar los ingredientes más frescos y de mejor calidad. Ya en casa, pone a punto la vajilla de porcelana y la cubertería de plata, y lo coloca todo protocolariamente en la mesa del comedor… Cuando, ¡ay! Tiene la mala fortuna de golpear con el codo una copa, provocando que esta caiga y se rompa en mil pedazos. Mientras trata de arreglar el estropicio, se hace un corte en el dedo. ¡Qué escozor! Un poco de Betadine, una tirita y… ¡a cocinar!
La buena de Ana se pasa la mañana entera elaborando un guiso exquisito, postre incluido. Agotada, se da una ducha rápida, se engalana con un sencillo pero coqueto vestido, y se sienta en el sofá a esperar a sus invitados. ¡Qué nervios!
Pero pasa el tiempo… Y los invitados no aparecen. Resulta que les ha entrado la pereza y se han quedado en casa, viendo una película. Se excusan con una mentira, de esas que se ve de lejos que no es verdad.
¿Te parece de buen gusto lo que han hecho sus amigos? ¿Qué harías si fueras Ana? ¿Cómo te sentirías? Ella procuró excusarlos en su corazón, pero su dolor no se lo quitó nadie.
Esto es lo que le hago a Jesús cuando falto a Misa, especialmente el domingo. O cuando voy…, pero, en realidad, mi corazón y mi mente vuelan voluntariamente por otro sitio. ¡Hay que estar íntegramente! O se está a lo que se está, o no se está realmente.
Ana trabajó sin descanso por sus amigos; Jesús se entrega a Sí mismo hasta la muerte por mí.
Ana compra regalos a los suyos; Jesús entrega los mejores dones.
Ana guisa; Jesús se da a Sí mismo como comida bajo la apariencia de pan.
Ana derrama unas gotas de sangre involuntariamente; Jesús se desangra voluntariamente por mí.
Los amigos de Ana no alegran a esta con su presencia y desprecian sus regalos; yo abandono a Jesús mientras muere y resucita por mí, despreciando Sus dones y privándole de mis consuelos.
Sí, yo soy ese amigo desagradecido que no merece ni el nombre de amigo… cada vez que dejo a Jesús plantado en el Altar, con todo tipo de excusas.
¿Qué hay más importante que acompañar Al que está muriendo por mí?
Un alma devota de fray Remigi

«La mejor devoción es asistir al Santo Sacrificio de la Misa, comulgando en ella (si no hay legítimo impedimento),…
Los cristianos, con la celebración de la santa Misa, ofrecemos a Dios la Víctima del Calvario inmolada en el altar de una manera real, aunque mística e incruenta; y participamos de sus méritos identificándonos con ella por la Comunión. La comunión con la Víctima divina es el complemento del Sacrificio. Por eso la Iglesia, en el Concilio de Trento, manifestó expresamente su deseo de que «los fieles comulguen en la Misa, no sólo espiritual, sino también sacramentalmente, para recibir más abundantemente el fruto del Santo Sacrificio» (…)
(…) Debes estar muy persuadido de que nada podrás hacer tan agradable a Jesús como recibirle con amor. Jesús tiene sed de que estés sediento de Él. Quiere ser amado y recibido por ti. Cierto es que por todas las almas instituyó este Misterio de amor. Pero no es menos verdad:
1) Que, al instituirlo, pensaba en ti. Estabas presente en su mente divina: te conocía, te amaba, sabía los días y las horas en que te acercarías a recibirle. Si tus pecados entristecían su Corazón dulcísimo, tus actos de amor le consolaban.
2) Que lo instituyó particularmente por ti. Como se da Jesús totalmente a ti en la Comunión, cual si fueras tú el único que lo recibe…, así hubiera instituido la Eucaristía, aunque en el mundo no hubiese habido otra alma sino la tuya.
Jesús desea tanto darse a ti…; espera que vayas cada día a recibirle. ¿Le negarás este gusto?
Pero tú me dirás tal vez… «No soy digno». ¿Quién podría comulgar si para ello fuera menester ser digno? Sólo Dios es digno de recibir a Dios. Basta que recibas a Jesús con las disposiciones convenientes a tal Huésped, es decir, que estés en gracia de Dios (no estar en pecado grave) y tengas recta y piadosa intención. Ni se requieren más condiciones para comulgar todos los días que para comulgar una sola vez en la vida.
«La rectitud de intención -enseña Pío X- consiste en que, quien comulga, no lo haga por rutina, vanidad o fines terrenos, sino para agradar a Dios, unirse más y más con Él por el amor, y aplicar esta medicina divina a las propias debilidades y defectos. Aunque convenga en gran manera que quienes comulgan frecuente y diariamente estén libres de pecados veniales y del afecto a ellos; sin embargo, basta que estén limpios de pecados mortales y tengan propósito de nunca más pecar…
» Y como los Sacramentos producen su efecto tanto más abundante cuanto mejores son las disposiciones de quienes los reciben, se ha de procurar que preceda a la Sagrada Comunión una preparación cuidadosa, y le siga la conveniente acción de gracias conforme a las fuerzas, condición y deberes de cada uno».
Vive, pues, de manera que puedas comulgar cada día; es decir, en estado de gracia (sin pecado grave). No te detenga la falta de fervor sensible, que no es necesario. Si te sientes frío en el divino amor, esto es una razón más para que te acerques al Foco del amor, que es la Eucaristía. El amor, como el fuego, se comunica por contacto. Tu corazón, puesto en contacto íntimo con el Corazón de Jesús en la Comunión, por helado que esté, no podrá menos que encenderse en las llamas de amor que abrasan al Corazón divino.
Y durante el día, este pensamiento: «Hoy he comulgado, mañana he de comulgar», te ayudará eficazmente a evitar toda falta deliberada, y te estimulará a conservarte puro y a ser humilde y tener caridad, lo cual será para ti una excelente preparación para la Comunión del día siguiente».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
