«La caridad exige algo más que la tolerancia de los defectos del prójimo. Nos impone el deber de sacrificarnos por el bien de nuestros hermanos en Cristo: «En esto hemos conocido el amor de Dios, en que dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos (1 Jn 3, 16)».
Si el amor fraterno puede llegar a exigirnos el sacrificio de la propia vida, ¡cuánto más nos exigirá otros sacrificios menores, como el de mostrarnos amables y complacientes con los prójimos; el de renunciar por ellos a nuestros gustos y comodidades, y ayudarles con nuestras limosnas siempre que el caso lo requiera!».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
