Ser hostia viva

«¿Qué debo hacer para ser hostia viva?» Le pregunté al Señor cara a Cara, tras largo rato de adoración. Entonces abrí el Nuevo Testamento que tenía en mis manos. Esta fue su respuesta:

«Vosotros, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente siempre que alguno diere a otro motivo de queja. Como el Señor os perdonó, así también perdonaos vosotros. Pero por encima de todo esto, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección. Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente, enseñándoos y amonestándoos con toda sabiduría, con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y dando gracias a Dios en vuestros corazones. Y todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él» (Col 3, 12-17).

«Hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús», aquí está la clave para cumplir todo lo demás. Y ¿qué puedo hacer en su Nombre, sino su Voluntad? Si es en su Nombre, no puedo hacer la mía…, pues entonces ya no sería en su Nombre, sino en el mío.
Y aquello que hago en su Nombre, ¿cómo debo presentarlo? Por Él mismo; es decir, uniendo mi ofrenda (todos mis actos, mi oración y todo mi ser…) a la Suya en la Eucaristía. «Eucaristía», acción de gracias. «Dando gracias a Dios Padre por Él».
Para ser hostia viva, hay que unirse, pues, a la Hostia.

«Vestíos de la caridad». Para tener caridad, debo unirme a la Caridad. «Vestirme», comulgar (se entiende que bien dispuesta). Entonces podré cumplir con los «imposibles» que se me «exigen»: misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad, perdón… Porque ya no seré yo quien viva, sino Él en mí (cf. Ga 2, 20). ¡Y qué difícil se hace aun así a veces! Es cuando, consciente o inconscientemente, hago las cosas en mi nombre. Cuando pongo mis intereses por encima. Qué incoherencia cuando comulgo y actúo en mi nombre. Pero así es la vida sobre la tierra: caer y levantarse. Y luego tomar fuerzas renovadas en la Confesión y la Comunión.

Y si como Su Cuerpo (todo Su ser), debo alimentarme también con la lectura de la Palabra, que es espíritu y vida (cf. Jn 6, 63). «La Palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente». Y, cuando Su Palabra habita en mí, de mi alma brota un incesante cántico de agradecimiento, pues de la abundancia del corazón, habla la boca (cf. Lc 6, 45). ¡Vivir en continua alabanza! Eso es, en definitiva, ser hostia viva.

Un alma devota de fray Remigi

Dice fray Remigi:

«También tú, piadoso lector, sueles esforzarte por agradar a Jesús en lo que es de tu gusto. Pero ¿haces lo mismo al tratarse de cumplir un deber costoso y de dar a Jesús lo que pide cuando no es de tu agrado? (…)
El deseo de agradar a Jesús en todo, facilita el camino de la perfección extraordinariamente… Pero ¿cómo se agrada a Jesús? Cumpliendo su voluntad, siempre adorable y amable. Buscar en todo cumplir la voluntad divina no sólo es una prueba de verdadero amor, sino también una fuente de felicidad. «Mi corazón -decía Santa Teresita- está lleno de la voluntad de Jesús. Por eso, cuando algo se le vierte encima, no penetra dentro, sino que se desliza fácilmente como el aceite en la superficie del agua. ¡Si mi alma no estuviese previamente llena, si fuese menester llenarla con los sentimientos de alegría y de tristeza que suceden tan presto, sería una oleada de amarguísimo dolor! Pero estas alternativas sólo rozan mi alma; por eso quedo siempre en profunda paz, que nada puede alterar».

(Continúa fray Remigi)
[…] El amor es una efusión: nos hace salir de nosotros mismos para vivir en el ser amado y transformarnos moralmente en él. Si el objeto amado es noble, elevado, espiritual, nosotros nos ennoblecemos, nos elevamos y espiritualizamos; si es vulgar, vil…, nos degradamos y envilecemos (…)
Quien ama a Dios, sale de sí mismo y pasa a vivir en Dios, haciéndose una sola cosa con Él, aunque conservando la propia personalidad».

«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol


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Qué sentido del humor tiene el Señor. ¡Y qué bondad!
Antes de publicar este escrito, me he puesto a releerlo. Sinceramente, me ha parecido pedante. «Me da que he querido hacer alarde», he pensado. Y sí, puede que haya algo de ello. ¡Miseria humana!
Entonces lo he vuelto a leer. Y he pensado que algunas cosas quizá podrían hacer bien a alguien. Y he dudado en si debía publicarlo o no. «¡No puedo publicar algo que no sea en su Nombre! Y aquí veo mucho del mío», me decía. Así que, en oración, le pedía a Jesús qué debía hacer. En un momento dado, he abierto mi Nuevo Testamento (no me gusta abusar de esta práctica, pero pienso que hay momentos clave… si se hace en oración). Y me ha salido un pasaje que, en principio, no me decía nada…, hasta que he llegado a la parte de «Lo escrito, escrito está». Y mi alma se ha llenado de santa paz y alegría. Y hasta me he reído con Jesús.
Sí, puede que en mi escrito haya una mezcla de rectas y no tan rectas intenciones. Y, muy probablemente, no sólo en este, sino en todos -aunque no siempre sea consciente-. Pero el Señor ha querido hacerme ver que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (cf. Rom 5, 20).

Baño, pues, todas estas palabras -y todas las que escriba de ahora en adelante- en la sangre de mi querido fray Remigi… y, purificadas, las baño en la Preciosa Sangre del Señor. Sólo así podrán hacer bien a las almas, aunque sea a una sola.

Un alma devota de fray Remigi

Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.