«El instinto sobrenatural, infundido en nuestras almas por el santo Bautismo, que nos hace mirar a Dios como a nuestro Padre, nos mueve a amar a la Virgen María como a Madre nuestra. Madre es la que da la vida, y María nos ha dado a Jesús, Vida divina de nuestras almas y Cabeza del cuerpo místico, cuyos miembros somos los cristianos.
De ahí que los Santos -en los cuales el germen de amor filial a Dios llegó a su pleno desarrollo- amaron tanto a la Virgen, cada uno en proporción de su grado de santidad.

(…) Es doctrina de los Santos que Jesús ha puesto el tesoro de sus gracias en manos de su Madre Santísima, para que las distribuya a quien quiera, cuando y como Ella quiera. María es el cuello de nuestra Cabeza, Jesús, por cuyo conducto se nos comunican los beneficios de la Redención. Nuestra felicidad temporal y eterna está, pues, vinculada a nuestra devoción a la Virgen.
Ámala de todo corazón: más que nadie, necesitas tú de su protección maternal. Procura agradarla imitando su humildad y pureza, haciendo cada día algo por su amor, y ofreciéndole sacrificios a la manera de Santa Teresita.
Acude a Ella confiadamente en los momentos difíciles de la vida. Pero entiende bien que tu devoción a la Virgen no debe limitarse a esos casos extraordinarios, ni reducirse a celebrar fiestas que la Iglesia le dedica y a practicar el mes de Mayo que la piedad cristiana le consagra. La devoción a la Virgen ha de ser todos los días».

«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús, Remigio de Papiol

Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.