«No incurramos en el error de los que se imaginan que los santos -exceptuados los penitentes como la Magdalena- nacieron santos. Cuando se les proponen los ejemplos de virtud de algún siervo de Dios, dicen: «¡Era un santo!», y con esto creen poder excusar la propia indolencia espiritual.
Los santos no nacieron santos, se hicieron santos; es decir, se santificaron con la libre cooperación de su voluntad a la obra de la gracia, dominando sus malas inclinaciones y perfeccionando las buenas cualidades que Dios les había dado.
Ellos vinieron a este mundo con la naturaleza viciada por el pecado original, como nosotros, y hubieron de luchar contra los mismos enemigos. Sintieron la fatiga del combate y experimentaron cansancio al seguir a Jesús camino del Calvario. A veces tropezaban, y caían, y debían levantarse, y lavar con lágrimas sus faltas o imperfecciones, que luego aprovechaban para servir a Dios como nuevo impulso de amor.
Algunos santos no recibieron en el Bautismo otro caudal de gracia que la que suele Dios conceder a la mayoría de los cristianos. Pero su extraordinaria fidelidad les mereció el cúmulo también extraordinario de gracias que la Bondad Divina jamás rehúsa a las almas generosas.
Y aun aquellos que recibieron cualidades extraordinarias en el orden natural y dones excepcionales en el de la gracia, no fueron santos sino por el buen uso que hicieron de aquellas y por una fidelidad proporcionada a estos, pues, según el Evangelio: «A quien mucho fue dado, mucho se le exigirá».
(…) Tus defectos no son un obstáculo que pueda impedirte llegar a la santidad. Basta que te propongas corregirlos con voluntad pronta y decidida. Sé animoso y constante en el vencimiento propio y, con la gracia de Dios, triunfarás».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
