«La palabra amor es la más pronunciada, pero poco la entienden muchos de los que la pronuncian. Aun concretándonos al amor honesto, se falsea frecuentemente su verdadero sentido, entendiendo por amor lo contrario al amor; o sea, el egoísmo. ¿No sucede a veces que nos amamos a nosotros mismos en aquellos que pretendemos amar?
El verdadero amor se halla en el extremo opuesto del egoísmo, pues no consiste buscar la satisfacción propia, sino en darse con gozo y sacrificarse por el amado. Así entendía Santa Teresita el amor: «Lo único que merece llamarse amor es la inmolación entera de sí mismo».
(…) El amor divino en el alma que navega viento en popa por el mar de la vida y experimenta los goces sensibles de la piedad puede hallarse mezclado con el oropel del amor propio. Pero el acto de amor que procede de un corazón herido por la adversidad o bañado en amargura, no puede ser más puro…, y en él todo es oro de ley. Por lo mismo, es más agradable y consolador para el Corazón divino de Jesús. Esto hacía decir a Santa Teresita que «las espinas del dolor, al herirnos, abren paso al aroma de nuestro amor».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
