«Describiendo San Pablo los caracteres de la verdadera caridad, dice que es sufrida (1 Cor 13, 4). La amable tolerancia de los defectos del prójimo es parte esencial de la virtud de la caridad. Por eso escribía el mismo Apóstol a los Gálatas: Sobrellevad los unos las imperfecciones de los otros, y así cumpliréis la ley de Jesucristo (6, 2). Siendo la índole y el gusto de las personas con quienes vivimos diferentes, y tal vez opuestos a los nuestros, no sería posible la unión de corazones sin la mutua tolerancia.
¡Cómo resplandece también en Jesús este nuevo carácter de la caridad! Sacrifica su descanso para atender a Nicodemo, que desea tener con Él una confidencia de noche (Jn 3, 20 s.). Aunque fatigado por un largo viaje y rendido por el calor del mediodía, resuelve bondadoso los problemas de conciencia que le presenta una pecadora de Samaría (Jn 4, 6 s.). Se amontonan alrededor suyo los chiquillos para recibir sus caricias, y Jesús se las prodiga amabilísimamente (…)
Con frecuencia te verás precisado, amable lector, a vivir en compañía de personas de carácter difícil, cuyo trato te resultará harto pesado. Sufrirlas con paciencia y amor es la piedra de toque de la verdadera caridad. Por indignas que te parezcan, mira siempre a través de ellas a tu dulce Jesús, a la manera que lo ves presente con los ojos de la fe en la santa Hostia. ¡Parece pan, pero es Jesús!
En tales casos, la paciencia será el ejercicio de tu amor, y podrás decir como cierta alma -cuya situación la tenía expuesta a incesantes molestias, aunque a todos recibía con amable dulzura-: «Jesús no molesta jamás». Y cuando, por movimiento involuntario de impaciencia, salía de sus labios una palabra algo viva o una respuesta poco suave, luego recobraba el dominio de sí misma pensando en Jesús, y decía: «Perdona, Amado mío, olvidaba que eras Tú».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
