El primer carácter o propiedad del amor del Corazón de Jesús a sus discípulos y a todos nosotros -amor que debe ser la norma del que debemos a nuestro prójimo- es el habernos amado sobrenaturalmente, es decir, no por algún motivo humano o porque viera en nosotros algún mérito o esperara algún provecho para sí, sino tan sólo por su infinita Bondad.
«Me puse a examinar detenidamente- dice Santa Teresita- de qué manera había amado Jesús a sus discípulos; y vi que no fue por sus cualidades naturales, puesto que eran ignorantes y sus pensamientos enteramente terrenales. No obstante, los llama amigos, hermanos suyos; desea verlos junto a Él en el reino de su Padre; y, para abrirles este reino, quiere morir en la cruz, diciendo que no hay mayor amor que dar la vida por aquellos a quienes se ama».
Tal debe ser nuestro amor al prójimo: sobrenatural, desinteresado. No ha de fundarse en las cualidades naturales de la persona: carácter amable, conversación amena, etc. Ni debe tener por móvil el interés, la gratitud u otros motivos humanos, los cuales no son malos siendo honestos, pero carecen de mérito ante Dios, quien no recibe ni premia sino lo que se hace por Él y con el fin de agradarle. El amor sobrenatural comprende a todos nuestros semejantes sin excepción, porque, amando a Jesús en la persona del prójimo, se encuentra a Jesús amable en todos y se tiene para todos la misma bondad (…)
Ver a Jesús en el prójimo: he ahí el secreto admirable para triunfar de todas las antipatías y para amar a todos de una manera sobrenatural».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
