«Quien ama de verdad, olvida la satisfacción propia y el interés personal, para pensar sólo en dar gusto al amado, haciendo su voluntad y cumpliendo sus deseos en lo posible.
Si de veras amamos a Jesús, nada desearemos sino complacerle, ni temeremos otra cosa que desagradarle, y le diremos sinceramente como Saulo en el camino a Damasco: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 9, 6).
(…) También tú sueles esforzarte por agradar a Jesús en lo que es de tu gusto. Pero ¿haces lo mismo al tratarse de cumplir un deber costoso, y de dar a Jesús lo que pide cuando no es de tu agrado? (…)
Leyendo con atención los escritos de la Florecilla (Santa Teresita), se ve que el dar gusto a Jesús en todo fue su pensamiento dominante:
– «Los grandes santos trabajaron por la gloria de Dios; pero yo, que no soy sino un alma muy pequeñita, trabajo tan sólo por su gusto. Quiero ser, en la mano del Señor, una florecilla, una rosa, que, aunque inútil, le sirva, sin embargo, por su vista y perfume, de entretenimiento y solaz, algo así como una satisfaccioncilla inesperada».
– «Si, por un imposible, no viese Jesús mis buenas obras, no me apenaría por ello. Lo amo tanto, que quisiera poder complacerle con mi amor y mis pequeños sacrificios, sin que Él supiese que vienen de mí. Sabiéndolo, está como obligado a recompensarme. ¡No quisiera darle esta molestia!»
– «Después de mi muerte, cuando vea al Señor tan bueno que querrá colmarme de sus ternuras durante toda la eternidad, sin que yo pueda nunca más probarle la mía por mis sacrificios, no lo podré en manera alguna soportar, si no tengo conciencia de haber hecho en la tierra todo cuanto haya podido darle gusto».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
