«No en todas las Comuniones recibió Santa Teresita los consuelos sensibles. Supo por experiencia personal cuán dolorosa es para el alma enamorada de Jesús la sequedad interior en los momentos mismos de recibirle. Ordinariamente era entonces cuando menos consuelos recibía. No por ello se quejaba ni omitía sus Comuniones, como hacen en estos casos algunas almas devotas. Y es porque, como la misma santa dice, «no deseo la visita de Nuestro Señor para mi satisfacción, sino únicamente para darle gusto a Él».
Esta intención purísima es la que principalmente debe moverte a comulgar. Comulga por ti: por crecer en la gracia y amor divino, y hallar en la Comunión el principal sostén de tu vida espiritual y remedio de tus males. El Padre Celestial ha puesto en manos de Jesús todas sus riquezas (Jn 13, 3). Así es que, al venir un alma a por la Comunión, lleva consigo inmensos tesoros de gracias y los prodiga según el amor con que es recibido.
Pero comulga sobre todo por Jesús, que tanto desea darse enteramente a ti, para que también te des a Él y lo consueles, con tu amor, del desamor de los hombres. En este sentido, escribía Teresita a Celina: «Hagamos de nuestro corazón un jardín de delicias donde venga a descansar nuestro amable Jesús. Plantemos en él hermosas azucenas de pureza».
¿Cómo se preparaba Teresita para comulgar? Ella va a decírnoslo: «Me represento mi alma como un erial, y pido a la Santísima Virgen que quite de él las malezas, que son las imperfecciones, y prepare Ella misma un vasto pabellón digno del cielo, engalanándolo con sus propios adornos. Invito luego a todos los ángeles y a los santos a que vengan a entonar cánticos de amor. Con este magnífico recibimiento me parece que Jesús queda contento, y comparto yo también su gozo» (…)
Otras veces, en el acto de comulgar, «me represento mi alma como si fuese una criaturita de tres o cuatro años, que, a fuerza de juguetear, trae desgreñados los cabellos y sucios los vestidos… Mas pronto acude presurosa la Virgen María, y en seguida me quita el delantalito sucio, arregla mis cabellos y los adorna con una bonita cinta o tan solo con una florecilla. Esto basta para dejarme agraciada y para que pueda sentarme sin rubor a la mesa de los ángeles».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
