«Jesús nos comunica la vida divina que recibe del Padre por el Bautismo, sacramento que nos regenera sobrenaturalmente y nos incorpora a su cuerpo místico, la Iglesia, de la que Él mismo es la Cabeza.
Nuestra unión con Jesucristo, comenzada en el Bautismo y robustecida en la Confirmación, se consuma en la Eucaristía por la recepción de su Cuerpo y de su Sangre bajo las especies de pan y de vino.
La unión más íntima posible con los seres que amamos es la suprema necesidad de nuestro corazón. Cuando se ama intensamente, se busca suprimir las distancias: de ahí las cartas, los retratos que se cambian mutuamente el amante y el amado. ¡Qué dulce felicidad cuando pueden verse, hablarse! Se efectúa entonces una fusión de pensamientos y afectos. La felicidad ideal sería no hacer los dos más que uno. «Mi amigo es la mitad de mi alma», decía un antiguo poeta citado por Santo Tomás.
El alma enamorada de Jesús suspira también por esa íntima unión con el Amado, y exclama con San Pablo: «Mi vida es Jesucristo, y la muerte es ganancia para mí» (Filip 1, 21), porque me unirá con Él eternamente.
Para satisfacer Jesús esta necesidad del corazón que le ama, mientras llega el día de la unión perfecta en su Reino, instituyó la Eucaristía, por la que permanece realmente presente en la tierra. «El amor humano -observa Santo Tomás- no halla en la hora de la separación otra manera de asegurarse el recuerdo de los que ama, que dejarles su imagen; el amor de Jesús halla el medio de quedarse en persona en el corazón mismo de los suyos».
La Eucaristía es, por excelencia, el Sacramento de nuestra unión con Jesús, que por esto la recepción de la misma se llama Comunión: «El que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en Mí y yo en él».
Permanecer en alguien es una expresión que denota unión íntima entre dos seres. Ninguna unión humana -ni la existente entre el esposo y la esposa, ni la del alma con el cuerpo- puede compararse en intensidad a la que se efectúa entre Jesús y el alma fiel que lo recibe en la Eucaristía, porque la gracia unitiva, propia de este Sacramento, penetra hasta la esencia misma del alma. Se establece entre ambos una circulación de vida y amor divinos, que el mismo Jesús compara a la que existe entre Él y su eterno Padre: «Como el Padre que me ha enviado vive y Yo vivo por el Padre, así quien me come también vivirá por Mí» (Jn 6, 58).
La unión del amante con el amado es a la vez una necesidad y un alimento del amor. Este con la separación se enfría y con la unión se enardece. Para alimentar el amor divino en las almas y comunicarles nueva fuerza y ardor fue instituido el Misterio eucarístico.
La Eucaristía es el centro del amor y el foco propulsor de toda la vida espiritual, porque contiene al mismo Jesús, que es el amor y la vida, y aumenta la gracia en el alma y la excita al fervor.
Después de su coloquio con Jesús, se decían los dos discípulos de Emaús: «¿No es verdad que ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?». Más aún que la palabra exterior del Maestro, inflama los corazones en el amor divino la unión íntima con Jesús por la Comunión».
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
