«Señalábamos no hace mucho el afecto desordenado a las criaturas como una de las causas del poco fruto de nuestras comuniones. Otra causa es la negligencia en la preparación y acción de gracias. Los frutos de la Comunión dependen, en gran parte, de nuestra cooperación personal a la acción del Sacramento.
La propia cooperación debe empezar antes de recibirle. Ya desde la víspera, debes prepararte tirando flores a Jesús -como decía Teresita- es decir, ofreciéndole pequeños sacrificios. Al amanecer, presupuesta la pureza de conciencia, has de disponerte con actos de fe, de humildad y, sobre todo, de amor. También en la Comunión se verifica el principio filosófico: «Lo que se recibe, recíbase según la capacidad del recipiente». Si un alma es pequeña en el amor, Jesús se ve forzado a reducirse a las estrechas dimensiones de esta alma, restringiendo sus dones. El alma pura y ferviente, olvidada por completo de sí misma y de las criaturas, y entregada sin reserva al amor divino, se abre toda entera a las riquezas inconmensurables de Jesucristo (Ef 3, 8).
Los preciosos momentos que siguen a la Comunión han de ser de dulce actividad interior. El alma que ha comulgado puede estar unida a Jesús distraída e inconscientemente, como el niño está unido a su madre cuando duerme en su regazo; puede estarlo también atenta y conscientemente, como San Juan en la noche de la Cena al reclinar su cabeza sobre el pecho del Señor. ¡Qué corrientes de amor hubo entonces entre el Divino Maestro y el Discípulo amado!
A la manera de aquella enferma del Evangelio que, al tocar el fleco del vestido de Jesús, quedó en seguida curada (Mt 9, 22).
El alma ferviente, atenta a la presencia de Jesús en ella, experimenta muy vivos sus efectos, y saca de esta íntima comunicación remedio para las dolencias de su espíritu y energías sobrenaturales para hacer rápidos progresos en la santidad.
Jesús en la Comunión se da todo a ti. Entrégate a Él por completo como lo hacía Santa Teresita: «Me sentía amada y decía a mi vez: ¡Te amo, me entrego a ti para siempre!»
«La joven cristiana en la escuela de Santa Teresita del Niño Jesús», Remigio de Papiol
