«Si estas palabras de Jesús hubieran tenido sentido simbólico y figurado, ¿no es evidente que Él lo hubiera dicho? Siempre que los oyentes del Señor tomaban sus palabras en sentido literal, cuando Él las pronunciaba en sentido figurado, su práctica constante era rectificar inmediatamente el error de los que no le habían entendido bien. Por ejemplo, Jesús dijo a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo, que no puede ver el reino de Dios, sino aquel que renaciere de nuevo». Nicodemo le dijo: «¿Cómo puede uno nacer, siendo viejo? ¿Por ventura puede volver al seno de su madre, y nacer otra vez?». Jesús le explica inmediatamente la verdadera significación: «En verdad, en verdad te digo que el que no renaciere del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en le reino de Dios» (San Juan 3, 3-5).

Mas cuando sus palabras eran rectamente entendidas en su sentido literal, y esta recta interpretación daba lugar a murmuraciones y objeciones, era costumbre de Jesucristo sostener su afirmación y repetir otra vez sus palabras. Así, Jesús dijo al paralítico: «Hijo, ten confianza, tus pecados te son perdonados». Los escribas, entendiendo las palabras del Salvador en su sentido literal, murmuraban diciendo: «Este blasfema». Jesús entonces ratifica su afirmación: «¿Qué cosa es más fácil decir: perdonados te son tus pecados, o decir: levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra potestad de perdonar los pecados (dice al paralítico) «levántate y anda» (San Mateo 9, 2-7).

Otro ejemplo: «Abraham vuestro padre deseó con ansia ver mi día; lo vio y se gozó». Los judíos entendieron que afirmaba haber vivido en tiempo de Abraham. Jesús reitera su afirmación: «En verdad, en verdad os digo que antes de que Abraham fuese, yo soy» (San Juan 7, 56-58).

Ahora bien: el Evangelio hace notar que los judíos entienden las palabras de Jesús (sobre la Eucaristía) en sentido literal, y se escandalizan y murmuran. Ofrecen a Jesús ocasión para rectificar. Mas Jesús no rectifica. No les dice: «Me habéis entendido mal…», sino que repite una y otra vez que su cuerpo es verdadera comida y que comer su carne es un precepto, una condición indispensable para conseguir vida eterna. «En verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros». Compárese este texto con el versículo 16 del capítulo 16 de San Marcos: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; el que no creyere, será condenado».

«El protestantismo ante la Biblia», Remigio de Papiol

Fray Remigi

«Los momentos que pasarás ante el Sagrario serán los más felices de tu vida, y los que más te han de consolar en tu muerte ».
(El Papiol, 1885 – Credanyola, 1937)

Tras las huellas de un Mártir de la Eucaristía

A.M.D.G.