Después de haber hecho memoria del Padre Lorenzo de Elcoro, creo de justicia hacerla en dos sacerdotes que en épocas posteriores llegaron a Costa Rica, como él nacidos en España, y como él dignos de ser considerados como regalo de Dios a nuestra Iglesia particular… El uno, fray Remigio de Papiol, religioso Capuchino; y sacerdote de Don Bosco el otro, el Padre Jerónimo Gadea.
El 20 de septiembre de 1885, en el pueblo de Papiol (Barcelona), nació Esteban Santacana Armengol, donde hizo sus primeros estudios.
Frecuentando el Catecismo y prestando en su Parroquia óptimos servicios, pasó luego como su doméstico, al servicio del Obispo Auxiliar de Barcelona, con ardientes deseos de alcanzar el Sacerdocio.
Tenía 12 años cuando visitaba un convento de Capuchinos, donde su padre era el encargado de la huerta; y atraído por la austeridad y espíritu misional de aquellos religiosos, se sintió llamado por Dios para aquella vida.
Vistió el hábito de Capuchino en 1901, y, ocho años más tarde, pertrechado de admirable formación intelectual, y enriquecida el alma de virtudes, recién ordenado sacerdote, fue enviado en 1909 a las Islas Filipinas, donde fue considerado como el más notable confesor y director espiritual en Manila. De allí, la obediencia religiosa le trasladó a América, residiendo en Bluefields, Costa Rica, Colón y México.
Fue el primer sacerdote que echó los fundamentos para la erección del Vicariato Apostólico de Colón, donde llegó acompañado del hermano lego fray Casiano de Madrid, Vicariato que inicialmente se había encomendado a los Capuchinos, pero que muy luego, por disposición de la Santa Sede, pasó al cuidado pastoral de los misioneros Claretianos, Hijos del Corazón Inmaculado de María.
Me creo felizmente obligado a referirme a fray Remigio porque, después de que Dios -inmerecidamente de mi parte- me llamó a su santo servicio, pienso que mi vocación sacerdotal a él la debo.
Tenía yo 15 años ya, y hasta entonces nunca había pensado en ello. Mi casa estaba situada al frente (calle de por medio) del colegio de las Bethlemitas, y me pedían ellas con frecuencia que fuera a ayudar Misa en su Capilla.
Cuando el celebrante era fray Remigio, quedaba yo impresionado de la unción y profunda piedad de su Misa.
El rito de entonces entre las ceremonias litúrgicas prescribía al celebrante hacer sobre la Hostia y el Cáliz ya consagrados repetidas cruces con la mano derecha, mientras pronunciaba: «Hostiam puram + Hostiam Sanctam + Hostiam Inmaculatam +. Para Sanctum vitae aeternae + et Calicem salutis perpetuae +.»
Aquellas palabras, pronunciadas con fervorosa y extraordinaria calma por fray Remigio, salían de sus labios como las de los labios del Profeta Isaías, purificados con la brasa que el ángel tomaba del fuego del Altar…, y fueron para mí el deseo de llegar algún día a celebrar la Santa Misa.
Concluidas sus tareas apostólicas en América, y después de haber escrito en defensa de la fe católica un precioso libro titulado «El protestantismo ante la Biblia» y otro sobre Santa Teresa de Lisieux, volvió a España, y, llevado del deseo de una vida más austera, ingresó en la Cartuja de Miraflores en Burgos; pero como a su edad ya no estaba para los rigores cartujanos, regresó a su familia de religiosos de Barcelona.
Un protestante, comentando su libro en defensa de la fe católica, dijo: «El Padre Remigio no ha insultado a los protestantes, y al mismo tiempo ha difundido la doctrina católica según la Biblia».
No omito decir que en 1930, en mi primer año de párroco en Pacayas, escribí al Padre Remigio vuelto ya a España mi Ordenación sacerdotal, y en carta suya de respuesta me decía que «rezaba por su monaguillo voluntario».
Terminó su vida con glorioso martirio.
Sabía bien que, para alcanzar tan gloriosa corona, la prudencia exige no exponerse en forma provocativa a la agresión; y así como, en los primeros tiempos de la Iglesia, San Policarpo de Esmirna cambió varias veces de residencia, así el Padre Remigio, en la Revolución Española de la década de los años 30, se procuró más de un escondite.
El último fue en la calle Balmes, denunciado por un joven que sabía dónde estaba. Allí celebraba su Misa, y reservaba el Santísimo para pasar largos ratos en adoración. Pero llegó por fin el 21 de enero de 1937, cuando se presentaron unos escopeteros buscándole. Ya pocos días antes, a un visitante católico de su confianza, le había dicho: «Siempre estoy en peligro de ser detenido, y lo que más sentiría es que me mataran y no fuera mártir».
Ese día de su martirio, antes de que llegaran en su busca, para evitar una profanación, sumió las Hostias consagradas que guardaba, y, al presentársele los emisarios que le buscaban para matarle, preguntándole por su nombre, respondió solamente tres palabras: «Soy sacerdote católico». Se lo llevaron a una cárcel clandestina, y por la noche fue fusilado en el cementerio.
Así selló su vida dando testimonio de su invicta fe en Cristo.
Por lo que sé de labios de un religioso de su Orden, se cuenta que fray Remigio fue a Francia para llevar a los religiosos Carmelitas su libro sobre Santa Teresa de Lisieux, y que la Priora -hermana carnal de la Santa), le pronosticó entonces que moriría con horrible martirio.
Extracto del libro «Semblanzas y anécdotas eclesiásticas. De Pio IX a Juan Pablo II. Desde Mons. Llorente hasta Mons. Carlos H. Rodríguez Q» (P. Alberto Mata Oreamuno).
Acceso al testimonio por cortesía de la Universidad Católica de Costa Rica.
